En Venezuela sucedió un terremoto que nos hizo temblar el alma a los venezolanos de la diáspora. No lo pensamos dos veces e intentamos ayudar como pudimos. Difundiendo canales de ayuda, prestándonos como vehículo de rescate. Los voluntarios trabajaron(mos) con todo lo que pudimos pero, en un país saqueado, con una deuda externa absurda, sabíamos que la ayuda no llegaría tan pronto como hubiésemos querido.

La primera noche sirvió para querer ayudar. La mañana para darnos cuenta de la magnitud del desastre. Pero después de treinta y seis críticas y cruentas horas, los cádaveres del terremoto ya empezaban a oler. No lo sé porque estuve ahí, sino por todos los recuentos que vi en redes sociales tratando de clasificar, de alguna forma, los datos de personas desaparecidas, los insumos que se necesitan, los centros de acopio, las peticiones de ayuda de gente que todavía estaba atrapada entre los escombros y, por algún milagro, podían enviar un mensaje. Una manera de ayudar demasiado moderna para que mi familia lo entendiera pero valía la pena seguir si la gente lograba reencontrarse con su familia. Treinta y seis horas de aguantar la operación por un hilo se desvanecieron cuando comenzaron a llegar los reportes de más y más personas muertas. Personas que aguantaron todo lo que pudieron debajo de las ruinas literales y metafóricas, porque en esta situación a una gran cantidad les cayó su casa encima y a todos nos cayó el peso de una dictadura que solo conoce la crueldad.

La insistencia de mi hijo por jugar me hizo desconectarme. Todo a su alrededor está bien, menos su mamá. Me toca fingirlo como pueda, mientras proceso un dolor que no es sanguíneo pero es colectivo. Tengo 27 años con este dolor decantado en el alma aunque me toque estar agradecida por no sufrirlo directamente. Ahora, el día siguiente, ya no sé cómo retomar la ayuda. Cientos, sino miles de voluntarios se han abocado a verificar la información de personas desaparecidas, porque ya eso es lo que nos queda hacer.

No hay un organismo central que verifique toda esta información y los venezolanos en otras partes del mundo nos dimos a esa tarea. No hay gobierno, no hay organización. En el sitio del desastre, en medio de las operaciones de rescate, muchas personas con carros, motos, camiones y maquinaria se acercaron para ayudar como pudieran. Los vecinos sacaban escombros con sus manos. Familias intentaban sacar a los suyos de entre las ruinas sin protección, sin entrenamiento, sin tener la más mínima noción de lo que significara un movimiento en falso. Treinta y seis horas después del terremoto se aparecieron esas personas que hacen un simulacro de ser la autoridad para tomarle fotos al desastre. Siempre con la cámara en mano es como se aparecen en público.

Mi cuerpo estaba esperando por las imágenes del chavismo danzando por el lugar de los hechos. El frenesí del desastre nos distrajo por un momento pero, estando afuera y a salvo, la rabia se hinchó como un inflable en un desfile de las películas. Con cada video de la GNB impidiendo que los ciudadanos verificaran qué se estaba haciendo crecía el globo hasta volverse una bestia. Los asaltos a comercios, los rateros dentro de apartamentos en el suelo… todas han sido infinitas demostraciones de un bajo calibre moral que tiene la brújula de los que quieren permanecer en el control de un país bajo los escombros. Intentaba registrar esos videos e imágenes con paciencia pero ya me había vuelto un globo aerostático turco y estaba a punto de ser una atracción turística también. Volví a desistir.

La titánica labor de los voluntarios que están registrando toda la información es, en gran parte, una labor emocional. Ver tanto contenido me afectó emocionalmente y mi cuerpo comenzó a comportarse como si estuviese en el sitio. De nuevo mi hijo vuelve a recordarme que no lo estoy. Lo abrazo y pienso que, a largo plazo, en Venezuela se va a necesitar muchísimo recuento de toda esta historia. El verdadero recuento de lo que pasó y cómo.

La periodista británica Catherine Ellis publicó esta mañana un tuit donde muestra cómo está tratando el chavismo a la comunidad internacional de periodistas que lograron entrar a Venezuela para documentar la tragedia. Con un permiso exprés inédito, entraron muchísimos medios que han sido inundados de instrucciones estrictas y agasajados con atenciones VIP.

Porque sí, al chavismo siempre le ha importado más la historia que cuentan sobre él que cualquier esfuerzo real que puedan concretar. Permanecer bajo la gracia de veedores internacionales es más urgente que atender a las víctimas que siguen tapiadas. Pase y disfrute el banquete sobre los escombros.

Viendo la magnitud de mentiras que se nos viene encima, he decidido escribir esto y que funcione como un registro de la narrativa que se va a imponer en el país si nos dejamos. La comunidad internacional usualmente no sabe qué pensar en el caso venezolano; se dividen entre los reportes oficiales que siempre han considerado confiables porque en cualquier país "normal" los institutos que publican esos reportes son independientes y pueden corroborar la información con evidencia. En el caso de Venezuela, las cifras vienen desde arriba, sin soporte ni evidencia, solo para que dicho instituto estampe un sello de aprobación y esa es la verdad que difunden.

Se necesitan muchas manos para difundir un mensaje que contradiga ese oficial y que la comunidad internacional, incluyendo los medios, tomen en serio. Ahora que estoy en medio de un grupo, leyendo reportes, destrozándome el alma con testimonios en redes sociales, ahora que he participado de conversaciones con quienes están en la zona afectada, puedo corroborar todo lo que voy a decir o, más bien, voy a contar la historia que une a todas las pruebas que tenemos en mano. Nos sobran las pruebas y por eso mismo no nos quieren en el terreno. Los venezolanos que estamos en el extranjero somos demasiado conscientes de todo lo que hemos sufrido y por eso, a salvo, con la familia a salvo, con la rutina a salvo, algunos sueños y metas a salvo, algunos de nosotros iremos combatiendo el maremoto de mentiras que nos está cayendo encima después del terremoto.

Ellos mienten, siempre, y ya los venezolanos sabemos cómo desmontarles sus mentiras. Vamos a usar el algoritmo que se alimenta de nuestra rabia para echarles todo en cara, ya no tienen dónde esconderse. Se lo debemos a las víctimas.

Publicado originalmente en Substack de Eligreg López. Reproducido con autorización de la autora.